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agosto 19, 2009 / Mons. Oscar Sarlinga

ORDENACIÓN DIACONAL DE LOS ACÓLITOS FERNANDO FUSARI Y ALFREDO ANTONELLI

Seminaristas Fernando Fusari y Alfredo Antonelli junto a Monseñor Oscar Sarlinga

Seminaristas Fernando Fusari y Alfredo Antonelli junto a Monseñor Oscar Sarlinga

El día 1ro. de agosto nuestros seminaristas Fernando Fusari y Alfredo Antonelli fueron ordenados diáconos, por imposición de manos y oración consecratoria de nuestro Obispo Mons. Oscar Sarlinga, en la iglesia de San Antonio de Padua, de San Antonio de Areco (parroquia de donde son originarios y donde viven sus familias). Ha sido una gran alegría para nuestra comunidad diocesana y para la Iglesia. Concelebraron la Eucaristía con el Obispo 40 sacerdotes y participó uno de los diáconos que también se encuentra camino al sacerdocio ministerial. Entre los concelebrantes se hallaban Mons. Edgardo Galuppo, vicario general, Mons. Santiago Herrera, pro-vicario general y Rector del Seminario “San Pedro y San Pablo” y muchos sacerdotes diocesanos. Los seminaristas del mencionado Seminario, con sede en Buenos Aires, asistieron a la ceremonia. La parroquia, confiada por Mons. Sarlinga por contrato a los Padres Palotinos (Sociedad del Apostolado Católico) cuenta como cura párroco con el Rev. P. Santiago Whelan, S.A.C., el cual dirigió al final unas emotivas palabras. También se encontraba el P. Tomás O’Donnell (Delegado provincial y cura párroco de San Patricio, en Mercedes) y el P. Fernando Bello (hasta entonces vicario parroquial de San Antonio de Padua). Las familias de los ordenados se encontraban presentes, ubicadas en los primeros bancos, a ambos lados de la iglesia. Asimismo, amigos, fieles laicos provenientes de las parroquias donde han realizado su pastoral de fin de semana (Nuestra Señora de las Gracias, de Pilar, la Natividad del Señor de Escobar, entre otras) y feligreses de la entera diócesis y de la parroquia de San Antonio. Numerosas religiosas de la ciudad y de otras ciudades de la diócesis también acudieron a la ceremonia. Conforme a las lecturas de la misa, el Obispo fue desarrollando su homilía. Antes de que fueras formado en el seno materno, te conocía (Jer. 1, 4-9) “Entonces me fue dirigida la palabra de Yahveh en estos términos: Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado: yo profeta de las naciones te constituí. Yo dije: «¡Ah, Señor Yahveh! Mira que no sé expresarme, que soy un muchacho». y me dijo Yahveh: No digas: «Soy un muchacho», pues adondequiera que yo te envíe irás, y todo lo que te mande dirás. No les tengas miedo, que contigo estoy yo para salvarte -oráculo de Yahveh-. Entonces alargó Yahveh su mano y tocó mi boca. Y me dijo Yahveh: Mira que he puesto mis palabras en tu boca”. A continuación, y refiriéndose a la lectura de los libros de los Hechos, el Obispo dijo a las familias de Fernando y Alfredo que sus hijos habían sido elegidos por el mismo Señor Jesucristo, a través de la Iglesia y a través del ministerio del Sucesor de los Apóstoles, para ser, como los diáconos de los que habla la Palabra de Dios, ministros de la caridad en su Iglesia Santa. Hechos 6:1-7 Elección de los siete “ 1 En aquellos días, al aumentar el número de los discípulos, se quejaron los judíos de habla griega contra los de habla aramea de que sus viudas eran desatendidas en la distribución diaria de los alimentos.2 Así que los doce reunieron a toda la comunidad de discípulos y les dijeron: «No está bien que nosotros los apóstoles descuidemos el ministerio de la palabra de Dios para servir las mesas.3 Hermanos, escojan de entre ustedes a siete hombres de buena reputación, llenos del Espíritu y de sabiduría, para encargarles esta responsabilidad.4 Así nosotros nos dedicaremos de lleno a la oración y al ministerio de la palabra.» 5 Esta propuesta agradó a toda la asamblea. Escogieron a Esteban, hombre lleno de fe y del Espíritu Santo, y a Felipe, a Prócoro, a Nicanor, a Timón, a Parmenas y a Nicolás, un prosélito de Antioquía. Los presentaron a los apóstoles, quienes oraron y les impusieron las manos. 7 Y la palabra de Dios se difundía: el número de los discípulos aumentaba considerablemente en Jerusalén, e incluso muchos de los sacerdotes obedecían a la fe”. El Evangelio proclamado fue el de Juan 15,9-17 “En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 9 Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. 10 Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. 11 Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. 12 Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. 13 Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. 14 Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. 15 Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. 16 No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido; y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo dé. 17 Esto os mando: que os améis unos a otros”. Luego de explicar que se trata de parte del discurso de Jesús, pronunciado en el Cenáculo el último día de su vida terrena, Mons. Sarlinga dijo que en los capítulos anteriores, Jesús se autorrevela muchas veces como Hijo de Dios y que, a través de las palabras y los hechos, el mismo Jesús revela a sus discípulos su profunda unión con el Padre y su total dependencia de Él, en todo. En el pasaje de hoy, continuamos reflexionando sobre cómo esta relación de amor entre el Padre y el Hijo puede llegar a ser también nuestra. Sólo de nuestra apertura de fe depende si esta Palabra de vida nos da la fuerza suficiente para llegar a ser hijos e hijas de Dios (cf. Jn 1,12). Mencionó también que la certeza de haber sido amados como somos despierta en nosotros muchas energías vitales. Y precisamente Jesús nos pide que permanezcamos en su amor, como Él está enraizado en el amor del Padre: «Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor» (v.10). Este “permanecer” en su amor debe ser visible en la vivencia de sus mandamientos (v.10), siguiendo el ejemplo de Jesús, Hijo predilecto, que siempre hacía lo que le agrada al Padre. Dijo también el Obispo que la Palabra de Jesús, acogida con una actitud de fe, produce en los discípulos frutos de alegría. Ella es el fruto del auténtico “permanecer” en el amor de Jesús (v. 11). Esta alegría no es superficial e inestable, y no depende del propio estado del alma o de las circunstancias externas; está lejos del mero subjetivismo o de la emotividad. Esta alegría es plena porque es el don del Señor Resucitado y es el signo de la presencia del Espíritu que nos ha sido dado (cf. Gál 5,22). Esta alegría puede invadir toda la vida del discípulo de Jesús, incluso en las situaciones de objetivo sufrimiento, de soledad, de abandono o de dolor. A modo de ejemplo, mencionó que los apóstoles sentían alegría incluso en situaciones difíciles y graves, como cuando habían sido considerados dignos de soportar ultrajes por el Nombre de Jesús (cf. Hch 5,41). También San Pablo apóstol se siente lleno de consolación y repleto de gozo, a pesar de tantas tribulaciones (cf. 2 Co 7,4). Por ello, agregó el Obispo, nuestra alegría debe crecer continuamente hasta alcanzar su plenitud, por esto, Jesús ha orado en el Cenáculo: “para que tengan en ellos la plenitud de mi alegría” (Jn 17,13). A continuación les aconsejó a Fernando y a Alfredo, por entonces a punto de ser ordenados, que recordaran siempre, en todas partes, y en todos los momentos de su vida, esta certeza fundamental: el no haber elegido ellos a Jesús, sino que el mismo Jesucristo los había elegido a ellos, conforme al evangelio que acababan de escuchar:«No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido; y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo dé» (v.16). “Recuérdenlo siempre –les dijo- en todos los momentos de la vida; si hubiéramos sido nosotros los que lo elegimos a Jesucristo, entonces esa elección, si hubiera sido sólo de parte nuestra, entonces habría sido pasible de todos nuestros defectos, y podría dejar lugar a la duda, no habría sido segura… En cambio, es el Señor el que nos eligió a nosotros, y esta elección es indefectible… a través del Espíritu, que obra en la Iglesia, y que se manifiesta en el llamado del Apóstol, del Sucesor de los Apóstoles. Recuérdenlo especialmente en los momentos de sequedad espiritual, de dolor o de abandono, pruebas que en la vida de consagrados no nos van a faltar; recuérdenlo siempre, como una fuente de fecundidad espiritual, porque, como dice el Salmo 22: “Aunque cruce por oscuras quebradas, ningún mal temeré, tu vara y tu cayado me infunden confianza” Luego citó el Obispo unas palabras del Papa Benedicto XVI (Los Sacerdotes deben difundir alegría y esperanza que surgen del Evangelio, destaca el Papa, en Regina Coeli, en el VATICANO, 27 Abr. 08 / 09:29 am), destacando que el Papa, tomando como ejemplo el pasaje de los Hechos de los Apóstoles, aquél precisamente en el que el diácono Felipe lleva el Evangelio a Samaria, oportunidad en la que se dice que “fue grande al alegría en esa ciudad”. Mons. Sarlinga hizo notar que el Pontífice precisó que esta es la misión de los sacerdotes (y de todos los consagrados): “sembrar en el mundo la alegría del Evangelio”. “Donde Cristo es predicado con la fuerza del Espíritu Santo y es acogido con ánimo abierto, la sociedad, llena de tanto problemas, se convierte en la ‘ciudad de la alegría’, como se lee en el título de un célebre libro referido a la obra de la Madre Teresa de Calcuta”, dijo, citando las palabras del Papa. Al término de la misa, se tuvo un ágape fraterno, con participación de las familias, de numerosos sacerdotes y seminaristas, y de gran número de fieles laicos de la comunidad.

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