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octubre 6, 2009 / Mons. Oscar Sarlinga

TERCERA MISIÓN DIOCESANA EN JURISDICCIÓN DE LA IGLESIA CATEDRAL DE SANTA FLORENTINA (CAMPANA)

300 JÓVENES DE DIVERSOS LUGARES DE LA DIÓCESIS MISIONARON EN LA CIUDAD DE CAMPANA

Durante los días 2, 3 y 4 de octubre, bajo el lema “Maestro Bueno, que he de hacer para heredar la vida eterna” (Mc. 10,17), se realizó la III Misión Juvenil Diocesana en la ciudad de Campana. Con una participación de más de 300 jóvenes venidos de toda la diócesis la misión estuvo cargada gran alegría y espíritu evangelizador.

Esta misión joven es organizada todos los años por las delegaciones de Pastoral de Juventud y Vocacional y la delegación de Misiones que presiden el Pbro. Hugo Lobato y Mons. Marcelo Monteagudo respectivamente.

La Misión Joven comenzó con la acreditación y recepción de los jóvenes en el Colegio Sto. Tomás de Aquino de la Ciudad de Campana, luego de la misma se celebró la Santa Misa presidida por el Pbro. Hugo Lovatto, concelebrada con varios sacerdotes venidos para dicha ocasión; luego de la misa se realizó la cena y posteriormente Mons. Marcelo Monteagudo dio una plática «pre-misión» para aquellos jóvenes que participarían por primera vez de una misión. Muchos jóvenes, con experiencia misionera previa, se alojaron en casas de familias de la ciudad, para irradiar desde eso lugares la luz del evangelio. Al final la plática los jóvenes compartieron la adoración al Santísimo Sacramentos, mientras que algunos sacerdotes impartían el Sacramento de la Reconciliación. La adoración se prolongo hasta el otro día pues durante toda la noche los jóvenes se acercaron en grupos para adorar a Jesús presente en la Eucaristía.

Durante el día sábado, por la mañana y tarde, los jóvenes salieron a misionar por el centro de la ciudad de Campana (dado que la ciudad ha sido misionada en los distintos barrios más alejados) y esta vez se priorizó la misión urbana, habiendo concluido el día con la Misa presidida por Mons. Oscar en la Iglesia Catedral de Santa Florentina y concelebrada por más de una docena de sacerdotes venidos especialmente para dicho evento.

En la homilía, el Sr. Obispo se refirió al versículo del evangelio de San Marcos (Mc 10:17) elegido este año como lema: “Cuando salía para seguir su camino, vino uno corriendo, y arrodillándose delante de El, le preguntó: Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?”, y dijo que esa pregunta denotaba ya en quien preguntaba un anhelo por un estilo de vida superior; y que dicho anhelo se correspondía con el interrogante más de fondo del corazón humano, a lo cual da respuesta en plenitud el cristianismo, pero que también otras religiones se cuestionan. Citó en apoyo de su afirmación el n. 2 de la Declaración «Nostra aetate» del Concilio Vaticano II:

“Los hombres esperan de las diversas religiones la respuesta a los enigmas recónditos de la condición humana, que hoy como ayer, conmueven íntimamente su corazón: ¿Qué es el hombre, cuál es el sentido y el fin de nuestra vida, el bien y el pecado, el origen y el fin del dolor, el camino para conseguir la verdadera felicidad, la muerte, el juicio, la sanción después de la muerte? ¿Cuál es, finalmente, aquel ûltimo e inefable misterio que envuelve nuestra existencia, del cual procedemos y hacia donde nos dirigimos?” (DECLARACIÓN NOSTRA AETATE SOBRE LAS RELACIONES DE LA IGLESIA CON LAS RELIGIONES NO CRISTIANAS, n. 2)

Dijo que en la Iglesia católica se da la plenitud de los medios de salvación, y que los gestos concretos de misión son muy importantes, pero sobre todo tenemos que revitalizar la dimensión misionera de toda la pastoral y, más aún, la dimensión misionera de toda la vida cristiana, en una Eucaristía que, desde la Liturgia, fuente y culmen, surja como una fuente de bendición para la vida misma, y la vida concreta en los ditintos ambientes, a comenzar por la familia. Exhortó también a los misioneros a ser jóvenes «de escucha» que aprendan a escuchar a nuestros semejantes, especialmente a aquellos que padecen sufrimiento o dolor, aunque éstos no se manifiesten de modo patente en una primera aproximación.

Por otro lado, el Obispo exhortó también aquellos que recibirán las Ordenes sagradas a vivir con coherencia y plenitud la gracia y los compromisos del bautismo, esto es, a ofrecerse a sí mismos y toda su vida en unión con la oblación de Cristo. La celebración cotidiana del Sacrificio del Altar y la oración diaria de la Liturgia de las Horas deben ir siempre acompañadas del testimonio de toda la existencia que se hace don a Dios y a los demás y que se convierte así en guía para los fieles.
A lo largo de los meses que siguen, la Iglesia tiene ante los ojos el ejemplo del Santo Cura de Ars, que invitaba a los fieles a unir sus vidas al Sacrificio de Cristo y se ofrecía a sí mismo exclamando:

“¡Qué bien hace a un padre ofrecerse en sacrificio a Dios todas las mañanas!”(1)
(“la presencia del sacerdote es insustituible”) (2),

En la Misa Mons. Oscar impartió la bendición a cinco seminaristas que recibieron la admisión a las Sagradas Ordenes y el Acolitado. Al finalizar la misa se llevó a cabo un show de música cristiana en el atrio de la Iglesia Catedral.

Por último, el día domingo, los jóvenes al finalizar la misión rezaron el Santo Rosario por las calles de Campana, terminando en la Catedral con la Santa Misa presidida por nuestro Obispo y acompañado por varios sacerdotes. En la Misa Mons. Oscar también confirió el sacramento de la Confirmación a un joven que se había estado preparando para recibir los sacramentos de la iniciación cristiana. Al final la misma el Obispo realizó el envío misionero de los jóvenes que durante este año e inicio del próximo misionaran en la diócesis o en otras diócesis.

La misión fue verdaderamente un “fiesta joven” donde se vio la misionariedad de la Iglesia y el testimonio de entrega y servicio de muchos jóvenes que irradiaron esto.

Notas:

(1) Benedicto XVI: Discurso al segundo grupo de obispos brasileños en visita “ad limina” Castelgandolfo, jueves 17 de septiembre de 2009.

(2) Benedicto XVI: Discurso al segundo grupo de obispos brasileños en visita “ad limina” Castelgandolfo, jueves 17 de septiembre de 2009. Dijo el Papa: “En realidad, cuanto más los fieles se vuelven conscientes de sus responsabilidades en la Iglesia, tanto más sobresalen la identidad específica y el papel insustituible del sacerdote como pastor del conjunto de la comunidad, como testigo de la autenticidad de la fe y dispensador, en nombre de Cristo-Cabeza, de los misterios de la salvación.Sabemos que la “misión de salvación”, confiada por el Padre a su Hijo encarnado, “se confió a los Apóstoles y, por ellos, a sus sucesores; estos reciben el Espíritu de Je´sus para actuar en su nombre y en su persona. Así, el ministro ordenado es el lazo sacramental que une la acción litúrgica a aquello que dijeron e hicieron los Apóstoles y, por ellos, a lo que dijo e hizo el mismo Cristo, fuente y fundamento de los sacramentos” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1120). Por eso, la función del presbítero es esencial e insustituible para el anuncio de la Palabra y la celebración de los Sacramentos, sobre todo de la Eucaristía, memorial del Sacrificio supremo de Cristo, que entrega su Cuerpo y su Sangre. Por eso urge pedir al Señor que envíe obreros a su Mies; además de eso, es preciso que los sacerdotes manifiesten la alegría de la fidelidad a la propia identidad con el entusiasmo de la misión”.

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